Bueno, en esta tesitura creo que les puedo contar un secreto, que estamos en confianza: los periodistas recibimos presiones a diario, en el desarrollo de nuestro trabajo. ¿A que nunca lo hubieran dicho?

Así es. Presiones, de diversa intensidad y en diferentes contextos. Lo mismo en un gran grupo mediático — más frecuentes — que en un periódico local, perdido en lo más recóndito de la geografía. Estos últimos casos son menos frecuentes pero más sangrantes, porque todas las partes se suelen «ver las caritas» a diario, conocemos nombres, apellidos, filiación y prácticamente todo el historial.

Esto viene a cuento por la cacareada denuncia pública de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), que acusaba en un comunicado a Unidos Podemos y a su entorno afín de «amedrentar y amenazar» de manera «personal» a periodistas críticos con la agrupación, sobre todo en redes sociales, pero no únicamente, suponiendo una falta «muy grave» contra los derechos constitucionales, el derecho fundamental de la información, la democracia, etc. etc. Pueden leer el comunicado completo aquí. Esta denuncia la efectúa la APM tras recibir un recurso de amparo de un grupo de periodistas que no se identifica en la denuncia, pero que acuden al colectivo profesional en defensa de sus derechos.

La actuación de la APM no me parece incorrecta. Pertenezco a la directiva de una Asociación de Periodistas — incomparable en tamaño e importancia, pero con herramientas, funciones y objetivos comunes — y, poniéndome en su lugar, habría actuado de igual modo: un grupo de socios traslada un conflicto, aporta una serie de pruebas y solicita una defensa pública de su trabajo, junto a un «tirón de orejas» hacia el causante de dicho conflicto. Nada que objetar. Está en manos de los denunciantes tomar medidas judiciales, al margen de este toque de atención.

Conviene recordar aquí que las Asociaciones de Periodistas ven muy limitada su capacidad de maniobra, en estos y en otros muchos supuestos. Se trata de agrupaciones profesionales que tratan de defender los intereses sectoriales y abogar por un ejercicio del periodismo en condiciones laborales, éticas y estéticas dignas. En ningún caso es nuestra función ejercer de lobbies, sindicatos, ni colectivos semejantes. Aunque la gente no lo crea… casi siempre la emisión de un comunicado público, señalando las disonancias, es de lo poco que podemos hacer. Y háganme caso cuando les digo que, desde dentro, jode bastante no poder hacer más.

También es cierto que, en muchas ocasiones, se realizan gestiones de intermediación, contactos amistosos y arbitrios en conflictos de manera mucho más discreta — y efectiva, la mayoría de veces — mediante una charla informal, una llamada de teléfono o un correo electrónico, para tratar de solventar las posibles discrepancias. No siempre se tratan temas tan graves como del que habla la APM pero, igualmente, son asuntos que obstaculizan nuestro trabajo diario.

El caso es que, como les decía, sí que se reciben presiones cuando ejerces de periodista. Quien esté estudiando la carrera y espere un devenir profesional plácido y acomodaticio… que elija otro camino o que cruce todos los dedos, para tener suerte. Puede ser una llamada intimidatoria, es cierto. Lo mismo que una sugerencia de tu editor para que dulcifiques un texto, porque implica a una persona o empresa que se deja una pasta en publicidad, de la que el periódico sobrevive.

Es el efecto que esa presión causa en el periodista y en su trabajo lo que importa. Si las medidas intimidatorias logran su objetivo, adulterando significativamente o silenciando la información que se pretendía publicar. Hay tantos escenarios posibles, con tantos matices que resulta imposible dar una solución única para todos ellos. Lo que sí es cierto es que, muchas veces, es el mensajero el eslabón más débil de la cadena, de quien se puede prescindir con mayor facilidad. Piensen en ello, antes de juzgar.

Y sepan también que es muy inocente creer que Unidos Podemos — y su entorno, tan cómodamente amparado en el anonimato que proporciona la red — la única pieza de la máquina a la que le chirrían las ruedas dentadas. TODOS los partidos presionan, lo mismo que muchas empresas de diferentes sectores e incluso particulares habituados a las prácticas caciquiles tan frecuentes, lejos de los focos de las grandes ciudades. Sería muy deseable que la APM actuara con la misma virulencia en todos esos casos, en el futuro. Y que obtuviesen el mismo eco mediático; al fin y al cabo, se trata de defender el trabajo de todos y la sociedad democrática y los derechos fundamentales y… ¿O no era eso?