Si el periodismo quiere sobrevivir debe renovarse y, para ello, no se trata únicamente de las oportunidades, mercados y apuestas que se desarrollen. También entra en juego el laissez faire, laissez passer, que dicen los gabachos.

Con motivo del aniversario de los atentados del 11-M de 2004 en Atocha, los medios se llenaron de referencias, conmemoraciones, retrospectivas y análisis de todo tipo. Reconozco que es un tema que no me resulta particularmente motivador, ni como lector ni como profesional; por un lado, porque no creo que puedan contarme nada que no hayan hecho ya en estos trece años. Por otro, porque lo considero un evento de tal trascendencia que, para valorar su impacto y significación correctamente deberán trabajar los historiadores y no los periodistas y, para que eso pueda pasar, deberá transcurrir todavía mucho más tiempo.

Si hay un medio que se ha desmarcado de la tónica general de homenaje y vista sosegada al pasado, ese ha sido El Español. En un especial dedicado al tema, se desgranan con profusión informaciones que hablan, por ejemplo, de «noticias falsas» y que siembran la sospecha de la conspiración y los oscuros tejemanejes sobre una investigación judicial oficialmente cerrada hace tiempo, que no deja de recordarnos dolorosamente a todos — sobre todo a los afectados — el mayor atentado terrorista de nuestra historia.

Quizás les suene este «tufo» a conspiranoia. Es el mismo que gobernaba la línea editorial del diario El Mundo, por aquel entonces. ¿Qué nexo común existe entre ambos medios? El entonces director del diario, Pedro J. Ramírez, es hoy presidente de El León del Español Publicaciones S.A., responsable del digital El Español, y uno de sus principales valedores desde su llegada al «cotarro» mediático en 2015.

El tufo conspiranóico per se no me molesta en absoluto. Básicamente porque las informaciones no me interesan, como no me interesa un 95% de lo que publica este digital a día de hoy. Y esto, a pesar de que me consta que la plantilla que conforma el «músculo» de El Español es de primerísimo nivel, que es de los pocos proyectos periodísticos actuales que apuesta medianamente en serio por la investigación y que es de los pocos medios cuyo nacimiento y primeras andanzas seguí paso a paso en la red con ilusión.

Sucede que El Español me parece uno de los más hermosos y prometedores proyectos recientes, lastrado y viciado antes de tiempo por el intervencionismo de un dinosaurio que pertenece a otra época, pero que se resiste a dejar sitio y continúa utilizando un medio como su juguete particular, con sus ideas, prioridades, enfoques, temas… un «esquema» mental y material de trabajo que se corresponde con las dinámicas de mediados del siglo XX, pero que no tienen cabida en una plataforma informadora del S.XXI.

Quien haya seguido el proyecto de El Español desde sus inicios, así como sus primeros accionistas o inversores del primer e ilusionante crowdfunding, sabrá perfectamente que los principales ideólogos del proyecto eran Eduardo Suárez y María Ramírez, hija del propio Pedro J. Quien conozca el trabajo de ambos antes de El Español sabrá también que se trata de dos de los más destacados exponentes del periodismo actual, posiblemente de las plumas más visionarias, talentosas y capaces de su generación.

Y quien, como yo, recibió la llegada de El Español con los brazos abiertos también acusó el golpe tras conocer que Eduardo abandonaba en abril de 2016 el barco que tanto había costado poner a flote, seguido en la misma senda por María poco después. Son los espías de los primeros pasos quienes conocemos qué opinión tienen ambos sobre el oficio, qué querían conseguir con el proyecto, cómo y por qué. Quienes leíamos el blog y las redes sociales entonces, bajo el inspirador lema #NoHaceFaltaPapel, sabemos que lo que se pretendía entonces con el digital y lo que es hoy El Español se parecen lo mismo que un huevo duro a una castaña y que, con esas premisas, el abandono de quien daba legitimidad al proyecto era inevitable.

También es cierto que quieres conozcan un poco a María y a Eduardo, así como los estupendos proyectos digitales en los que están inmersos ahora saben que haberse quedado a la sombra de un dinosaurio habría sido malograr su increíble talento y una pérdida de tiempo. Pedro J. aportó el prestigio de su nombre y los ceros en la cuenta corriente que le proporcionó el sustancioso finiquito tras su salida de El Mundo. Pero nada más.

Pedro J. se encontró con un Ferrari, pero lo utiliza para ir a comprar el pan. Su intervencionismo de patriarca mediático, de preboste de «lo que se cuece» mató un proyecto antes de que alcanzara siquiera una décima parte de su potencial. Ramírez — senior — ha convertido El Español en una versión descafeinada del diario El Mundo, con otro logotipo y aspecto remozado, pero estructuras y cimientos podridos. Se resiste a dar un paso lateral y ceder su espacio, admitir que su tiempo es otro, a dejar que el talento prevalezca y el futuro llegue. De una puta vez.