He asistido a un evento con la homeopatía como protagonista, organizado por una asociación de pacientes y un laboratorio homeopático. Les cuento la crónica de mi experiencia como «escéptico militante» y defensor de la razón y el método científico, aunque omitiré datos de carácter personal e identificativos de los protagonistas, para proteger sus derechos fundamentales.

El laboratorio, en todas partes

Llego al hotel de cuatro estrellas, donde se imparte la charla, un rato antes de la hora prevista. La sala se está preparando con antelación y recibiendo al público más madrugador. Hay un roll-up del laboratorio a la entrada de la sala y bolsas de plástico encima de cada silla con material promocional, tanto del laboratorio como de la asociación de pacientes: un par de folletos y un bolígrafo. El logotipo del laboratorio es omnipresente y la impresión general me hace pensar en razonables recursos.

El cartel de la asociación de pacientes, que están colocando en la sala en el momento en el que entro, está hecho a mano con cartulina y me trae recuerdos del colegio. Dos personas — desconozco si público, organizadores o ponentes — en silla de ruedas motorizada, que han entrado casi al mismo tiempo que yo, parecen conocer a todo el mundo y se desenvuelven con soltura por el espacio dando indicaciones. Deduzco que pertenecen a la asociación de pacientes.

Llevo la acreditación del Colegio de Periodistas colgada al cuello. A una de las personas encargadas de ayudar a colocar los abrigos y recibir a la gente — muy amable y atenta — le pregunto si puedo registrar la intervención con mi grabadora. Me contesta que habría que preguntarle «a la doctora» antes de empezar, «porque prepara cada charla para cada evento por separado». Me indica que puedo tomar algo en la cafetería del hotel para hacer tiempo, donde también está la doctora, y preguntarle antes de iniciarse la charla. Me pregunta el medio para el que trabajo y le indico que soy freelance y «voy por mi cuenta».

En la cafetería hay de diez a doce personas, pero no sé si son público de la charla o clientes del hotel. Hay una serie de mesas «vestidas» y configuradas en línea en un aparte, por lo que deduzco que, tras el evento habrá un «vino español», canapés o un refrigerio de ese estilo. Por la tipología de público, parece apropiado no hacer preguntas incómodas o mantener una actitud beligerante, para no «reventar» el acto. Mi acompañante, una escéptica licenciada en Química que se dedica a la divulgación científica, coincide y acordamos mantener un «perfil bajo» y limitarnos a registrar datos, hechos y declaraciones.

Minutos antes de la hora prevista volvemos a la sala. Hay más de medio aforo — calculo a ojo que un máximo de 30 ó 40 personas —. Nos reparten unos boletos tipo rifa, ya que al final se sortean dos packs de productos homeopáticos entre los asistentes. Repito la solicitud de registrar la charla con la grabadora a la ponente, identificándome como periodista y no pone problemas. No va a sentarse, sino a moverse por el espacio y manipular el pasador de diapositivas y el proyector, así que coloco la grabadora al borde de la mesa esperando captarlo todo lo mejor posible. Acudo a mi asiento en la segunda fila. La gente sigue llegando y quedan pocos asientos libres. Hay dos fotógrafos tomando imágenes, deduzco que como parte de la organización.

Opacidad desde el minuto cero

Al poco de sentarme se me acerca una mujer, que no se identifica y con la que no he tenido trato hasta ese momento y me dice que no puedo usar la grabadora. Le pregunto por qué y me responde «Porque no». Cuando le hago ver que puede prohibir la grabación y no tengo problema con ello, pero que no puede darme un «porque no» como único argumento, su respuesta es «Sencillamente, la organización no quiere que se grabe la intervención». Mi cara no debe convencerla y repite el mismo argumento dando vueltas a diferentes fórmulas. Farfulla un poco y no quiero montar ninguna escena, así que acepto la prohibición y le digo «Lo haré constar».

Retiro la grabadora de la mesa y la ponente me emplaza a responder a todas las preguntas que quiera tras la charla, esboza una disculpa pero no entiendo muy bien lo que me dice — hay un murmullo molesto en la sala, porque la gente ya está ocupando los asientos —. La tranquilizo diciéndole que la prohibición de grabar me dice tanto como todo un reportaje sobre el tema. Le doy las gracias y regreso a mi asiento. Hay una cámara — tipo webcam — montada sobre un trípode, desconozco si emitiendo en streaming o grabando en vídeo únicamente. Deduzco que la organización está registrando el evento para sus propios fines. La charla da comienzo.

Más, próximamente en… Una charla sobre homeopatía desde dentro (Parte II)