Bill Randa (Jonh Goodman) está al frente de una división secreta del gobierno de los Estados Unidos llamada ‘Monarch’ dedicada a la búsqueda de organismos biológicos masivos o, lo que es lo mismo, de los gigantescos monstruos de las leyendas. A pesar de lo peregrino y absurdo de su objetivo, la CIA decide costear y permitir una última misión a ‘Monarch’ — con la excusa de la supremacía frente a los soviéticos, en plena Guerra Fría — antes de cortarle el grifo presupuestario para siempre, mientras se centra en el repliegue de sus tropas y recursos de inteligencia en Vietnam.

Randa reúne a un variopinto grupo de científicos, completado por un ex militar británico experto en supervivencia y rastreo (Tom Hiddleton) y una fotoperiodista (Brie Larson). También configura el equipo una división militar aerotransportada comandada por el teniente coronel Preston Packard (Samuel L. Jackson) que ejercerá labores de escolta. El nutrido y heterogéneo popurrí — helicópteros incluidos — viaja a la Isla Calavera, un punto perdido y hasta ahora desconocido y asilado desde tiempos prehistóricos en el Océano Pacífico, donde esperan recoger datos biológicos, geológicos, climáticos y de todo tipo que contribuyan al avance de la ciencia. El auténtico objetivo de Randa, no obstante, permanece oculto para casi todos.

Si no sois de leer mucho, os voy a ahorrar el trabajo: Kong. Isla calavera es un absoluto despropósito. Soberanamente entretenido, eso sí, pero una ida de olla importante. Es el exponente de cine blockbuster más desvergonzadamente orgulloso de sí mismo que recuerdo haber visto en estos últimos meses. Su director, Jordan Voight-Roberts parece decirte: «Si, sabemos que es una mierda, que argumentalmente la película no se sostiene ni sin querer, que los actores están pasados de rosca y que hay más clichés por centímetro cuadrado que en una convención de guionistas puestos de LSD. Pero esto es lo que hay. Vamos a meter más efectos especiales que donde los inventaron y no te vamos a dar tregua, mejor apaga el cerebro». Sin complejos.

Si lo que quieres es olvidarte del mundo durante dos horas y, efectivamente, dejar el cerebro a la puerta… Kong. Isla calavera es tu película. Porque, a fuerza de ser dolorosamente consciente de sí misma, con todas sus debilidades y fortalezas, resulta brillante, por momentos, gracias a su insultante simplicidad. Aprovechando este boom nostálgico de los cuarentones, quienes parecen estar convencidos de que el universo se creó en los 80, Kong bebe de las más diversas fuentes del cine «clásico» de aventuras de entonces — Indiana Jones, Los Goonies, En busca del Corazón verde y un largo etc. — además del cine bélico de aquella época — Depredador, Apocalipse Now, El Sargento de hierro, Platoon,… —, género Tokusatsu aparte. Su única pretensión es entretener. ¿Mala interpretación coral de un, por otro lado, aceptable plantel de actores, llevados casi al extremo del histrión? Maldita la falta que hace algo más refinado.

Porque el auténtico protagonista es el gigantesco simio y los efectos especiales que lo hacen posible, que se alzan como epicentro de la acción desde el momento mismo en el que nuestro primo lejano tamaño XXL aparece en escena por primera vez — algo que no se dilata demasiado en el metraje —. A partir de entonces… secuencias trepidantes, sangre, muerte, destrucción masiva y una cantidad ingente de bichos enormes que harán las delicias de cualquiera que aún conserve en un rinconcito a su niño interior. Si no te ofende que te bombardeen con una cantidad de referencias, veladas o no, a (casi) todo el cine que has visto de pequeño y disfrutas con ello… Avante toda. De lo mejor de la película, aparte de lo ya dicho, un John C. Reilly imperial y una banda sonora deliciosa.

Nota: 6.5 / 10