La adaptación de la obra Margaret Atwood a la pequeña pantalla es uno de los descubrimientos más interesantes de este año. Independientemente de su «rodillo» en los últimos Premios Emmy, es una serie muy a tener en cuenta por diversos motivos, al menos para un servidor. ¿Por qué?

Porque es una distopía plausible

Una de las tareas más difíciles — y efectivas — a la hora de plantear una historia distópica es mostrarla como un escenario probable, dentro de los límites de lo posible. Una sociedad devastada por la enfermedad y los nefastos efectos del cambio climático; un régimen teocrático donde lo que importa es la interpretación más fundamentalista de los textos sagrados; donde la identidad individual desaparece y la diferencia — sexual, ideológica, racial, política, religiosa o de pensamiento — es sometida por la fuerza; una organización social basada en castas y en el predominio del más fuerte. ¿Exagerado? Puede ser ¿Imposible? Echemos un vistazo al panorama socio político actual, sobre todo de las grandes potencias occidentales y reflexionemos sobre si es realmente descabellado. Comparemos Gilead/Galaad con los Estados Unidos actuales y busquemos puntos de coincidencia. Que los hay.

Porque los «malos» están al lado de casa

Casi siempre, cuando se plantea en contextos de ficción una teocracia, o un régimen autoritario donde la religión y lo sagrado sostiene la brújula, se suele recurrir a lo que nos es ajeno: dirigimos la mirada al bloque oriental, al Islam y al fundamentalismo yihadista. A nadie extraña un malvado terrorista en la pantalla, rodeado de explosivos gritando extático Alahu al akbar, mientras el guapo de turno intenta que prevalezca la libertad y la democracia occidental. Sin embargo nos chirría un poco más que la represión y el terror venga precedido por expresiones más cercanas como Alabado sea el fruto o Dios permita que prospere. Todo el argumentario ideológico que sustenta las leyes de Gilead/Galaad en El cuento de la criada no está en un Corán de grafía indescifrable que nos resulta ajeno. Está en las páginas de cualquier Biblia, familiar para cualquiera (Génesis 30:1-3)

Pero viendo Raquel que ella no daba hijos a Jacob, tuvo celos de su hermana, y dijo a Jacob: Dame hijos, o si no, me muero. 2 Entonces se encendió la ira de Jacob contra Raquel, y dijo: ¿Estoy yo en lugar de Dios, que te ha negado el fruto de tu vientre? 3 Y ella dijo: Aquí está mi sierva Bilha; llégate a ella para que dé a luz sobre mis rodillas, para que por medio de ella yo también tenga hijos.

Por la sencillez y los pequeños detalles

Un alto porcentaje de la historia de El cuento de la criada se desarrolla en escenarios cerrados, limitados, oscuros y fríos. Este ambiente resulta el compañero de viaje ideal para una historia que se deviene tensa, opresiva y psicológicamente angustiosa de manera sutil; el terror es progresivo pero inexorable conforme se desarrollan los distintos capítulos de esta sorprendente primera temporada. La protagonista de la trama vive un infierno en su interior y no existe escapatoria posible. No hay manera de evadirse, ni forma de no empatizar con Offred/June (Elisabeth Moss), porque debemos acompañarla en la caja de cerillas a la que ha quedado confinada su vida física, emocional y mental.

El resto de detalles no hacen otra cosa que sustentar y hacer creíble la pérdida total de identidad individual de los protagonistas, la viabilidad lógica y argumental de un «islote» medieval en la sociedad globalizada del S.XXI; vestuario, escenografía, iluminación, fotografía y tiros de cámara. Todo, absolutamente todo, está pensado para que la historia parezca real y plausible.

Por un discurso profundamente feminista

Si tras visionar el último capítulo de esta primera temporada, no tiene usted ganas de lanzarse a la calle enarbolando la bandera de los derechos de la mujer… tiene un serio problema. Con que cuente con un mínimo de imaginación y empatía, pensará — varias veces — qué tipo de sociedad estamos construyendo, cuáles son los roles de género dominantes en ella y hacia dónde pueden llevarnos, si no nos paramos a reflexionar con algo de serenidad, sobre la igualdad, el respeto por la diferencia, la libertad de acción y de pensamiento. Entre otras muchas cosas.

Por momentos, The handmaid’s tale es incómoda de visionar, pero muy necesaria para disfrutar de un producto audiovisual de ficción con «algo más» Y, sí, lo considero uno de los «melocotonazos» de la temporada.

Nota: 9/10