Mañana me toca explicarles a un grupo de estudiantes extranjeros de español, adolescentes todos ellos, de qué va esto del periodismo. Imagínense el percal. Unas amigas, que son quienes imparten las clases de español, tienen que mostrarles estas semanas cómo es la cultura española, no tan sólo el idioma. Y también mantener charlas breves con «personajes relevantes» de la vida de la ciudad. De nuevo, figúrense el cuadro.

A mí también me sacó de sitio que alguien me considere relevante o interesante, pero qué se le va a hacer. Es una estupenda oportunidad para aunar, de una tacada, dos de las cosas que más me gustan: compartir la pasión por mi oficio y hablar con cachorros que están en la línea de salida de su gymkana vital. Es bueno para ellos, escuchar a un «viejoven» contar batallitas — espero que no muy aburridas — y es bueno para mí empaparme de su inocencia, de su energía, de su modo de ver la vida. Es precisamente eso lo que me mantiene «viejoven».

Pero el drama es que no sé exactamente cómo enfocar mi charla. Bueno, mis charlas, que son dos. ¿Soy descarnadamente sincero y cínico, como se espera de un periodista? ¿Dulcifico los avatares de mi oficio? ¿Miento, al más puro estilo Trump? Pónganse en mi lugar: ¿Y si entre los hormonados guiris hay una vocación periodística en ciernes? De un plumazo podría cepillarme una carrera aún por desarrollar, si no les muestro atractivos profesionales. Si les hablo de la precariedad, de la inestabilidad, de la Ley Mordaza, de Inda, de Marhuenda, de la publicidad institucional, del mamoneo en la trastienda de los medios de comunicación, de la corrupción en mi país… Desolador.

Es cierto, también puedo hablarles de Xavier Aldekoa, Manuel Jabois, Lucía Taboada o Alberto Prieto; de la Revista 5W, JotDown, El Salto, Panenka… Les puedo contar lo que ha pasado en España, después del 15M, del crecimiento imparable de los podcasts, de los proyectos de comunicación, arriesgados y valientes que se zambulleron en la tormenta de La Crisis — así, en mayúscula — y siguen braceando a día de hoy. Puedo hablarles de cine, de series, de Netflix y de HBO, de lo que va esto en realidad, que está lejos del teclado y de Google y cerca de la calle y la barra del bar… Esperanzador

Pero supongo que lo más apropiado es ser honesto y encontrar el término medio, contarles mi historia, sin más. Para eso me educaron, para contar las historias de otros. Si tiene que ser la mía… se van tener que quedar sentados 55 minutos escuchándome desvariar. Espero que les den un punto más en el examen por acreditar resistencia. En realidad no importa mucho mi historia, más que como pretexto. Como excusa para contarles que esta no es la profesión más importante del mundo, pero sin ella en muchos puntos del globo matarían a alguien por ser homosexual y no pasaría nada; sin periodistas, en algunas zonas del planeta mutilarían los clítoris de las mujeres y nadie alzaría la voz.

Sin locos que valoren ciertas bases éticas y ciertos compromisos con uno mismo, que piensen que no importa comer arroz durante un mes, pero que es innegociable gastarse todo lo que uno tiene en la cartera, para estar una semana haciendo el seguimiento de un desahucio… sin esa gente esto se iría al carajo. Más o menos como ahora, pero más deprisa. Y más en silencio. Espero que no se marchen de clase pensando que los periodistas somos héroes. No lo somos. Los héroes son los investigadores, los científicos precarios, los trabajadores por 600€ con bocas que alimentar, las madres de familia que tienen que inculcar esperanza e ilusión cuando no queda mucha. Esos sí son héroes. Pero sin nosotros nadie lo sabría. Y todo esto tengo que comprimirlo en menos de una hora. Para chiquillos que chapurrean el español, nada más. Y que a saber si me entienden. Lo que les digo. Una locura, contada por locos.