Esta historia, trivial hasta el absurdo, no es importante ni permanecerá en mi memoria o en la suya más de dos o tres minutos. Pero dice bastante de quiénes y cómo somos.

Durante toda la mañana de hoy, al salir al balcón a echar un pitillo o a regar mis maltrechos geranios, me ha crispado los nervios un insistente maullido, de esos largos y lastimeros, que profieren los felinos domésticos cuando están muy hambrientos, muy asustados o… o vayan ustedes a saber, que no dejan de ser gatos y, como algunos políticos, no sabe uno si van o vienen.

Me crispaba los nervios no porque fuera especialmente molesto, sino porque imaginaba algún desaprensivo dejando al animal abandonado en casa mientras disfrutaba de un día de piscina o, peor aún, un par de semanas de vacaciones en la costa y me llevaban los demonios. Tampoco le dí más importancia, porque no veía ningún peludo en los balcones colindantes y total… buena gana de salvar el mundo.

En una de estas salidas, no obstante, pude ver cómo dos chicas — estudiantes extranjeras a todas luces — compartían mi preocupación y rebuscaban en los portales y las aceras bajo mi balcón el origen de este lamento gatuno. Me enternece comprobar cómo aún hay personas que pueden parar maquinaria, interrumpir cualquier plan que tengan en ese momento para preocuparse por el bienestar de un ser vivo que no sea uno mismo.

El caso es que las guiris, algunos clientes de los bares cercanos y algún viandante curioso también echaba miradas escrutadoras por la zona. Al parecer, era algo que se había repetido a lo largo de toda la mañana. Una de las camareras había llamado a la policía, pero no le habían hecho caso. Finalmente, de entre el corrillo que ya se había formado entresaqué los datos esenciales: un gato —muy pequeño, por el tipo de maullido — se había quedado atrapado en los bajos de uno de los coches aparcados y no podía o quería salir. Aterrorizado, llevaba más de seis horas pidiendo auxilio.

En la fallida llamada a la policía local habían facilitado la matrícula del coche y, ¡Oh, magia!, el propietario se personó en el lugar, junto a su mujer y sus dos hijas adolescentes. Era consciente del problema, escuchó al animal en un primer momento pero no lograba hacerlo salir. Abrió el capó y, entre unos y otros, con agua, con las manos rebuscando en los resquicios del motor y echando cuerpo a tierra trataban de localizar y hacer salir a Houdini — he decidido llamarle Houdini —.

El gato estaba allí, maullando desesperado, pero era imposible acceder al rincón donde estuviera arrebujado presa del pánico. El corrillo ya llegaba a la docena de personas y el propietario del coche estaba ante la lógica disyuntiva: ¿arrancar el motor a riesgo de acabar con la vida del animal y provocar una avería, con la esperanza de que saliera ante una amenaza, u optar por un plan B?

Afortunadamente — segundo momento enternecedor del día — se decantó por la opción más razonable. Llamó a su seguro, porque era necesaria una grúa. Al rato estaban en el escenario de la grande évasion de Houdini la grúa y una patrulla de la policía local. Durante más de una hora propietario, policía, operario de grúa y curiosos varios se dejaron literalmente las manos y los brazos, cortes mediante, para librar a Houdini de su involuntaria prisión. No fue posible y los maullidos ya eran casi humanos, de pura angustia felina.

Tenía el corazón encogido y no podía marcharme sin saber si Houdini llegaría a cenar sardinas esta noche. Ni con un gato — de los hidráulicos, no de los cuadrúpedos — ni con todas las zalamerías y artefactos posibles hicieron salir a Houdini del puto chasis. La solución final… llevarse el coche en la grúa, sin encender el motor, para acceder a los bajos desde el foso de un taller. Quién sabe si para desmontar alguna pieza que otra. En el proceso de carga… ni un solo maullido. Llegué a temer por la salud cardíaca y la vida del pobre animal «¿Le habrán dado, al maniobrar para subir el coche a la plataforma?, ¿no habrá podido con el estrés y habrá sufrido un infarto? ¿Estará bien? ¿Será de alguien y lo estará buscando?»

El propietario del coche y la hija menor acompañaron al operario de la grúa al sitio donde se llevaran el vehículo una vez cargado, para una inspección más exhaustiva. Por la cara que llevaba la cría, Houdini tiene todas las papeletas para haber encontrado un nuevo hogar, si es que sigue vivo y su legítimo dueño, de existir, no lo reclama. Lamento no poder contarles un desenlace feliz y marcarme este párrafo a lo Schrodinger.

El caso es que aún tengo confianza en la mierda de sociedad en la que estamos. He sido testigo de cómo un grupo de gente ha dedicado dos horas de su vida a preocuparse por la existencia y el bienestar de un ser vivo indefenso. No quiero ser tan cínico como para creer que era más importante la integridad de un simple utilitario de cuatro ruedas. Si aún quedan personas así… algo de esperanza nos queda. Que tengas suerte, Houdini. Ojalá en otoño busques calor al abrigo de la mantita del sofá y no al del motor de ningún coche.