Definir con acierto a una persona es complicadísimo. Y a uno mismo, mucho más. Si hay que resumir muchísimo podría decir que, ni me tocaron, ni tampoco me gustaron nunca los caminos fáciles:

Me llamo César, pero hace 20 años que nadie me conoce por mi nombre, sino por mi apellido. Nací con prisas, pero no puedo ir corriendo nunca a ninguna parte; me crié en Canarias — paraíso en miniatura — pero elegí estudiar y trabajar en la más recia de las Castillas, donde a los inviernos hay que llamarlos de usted; iba para abogado, pero terminé siendo periodista, porque decidí que la vocación era más importante que la cotización; tuve que aceptar que era diferente, en un mundo que se empeña en etiquetar y rechazar lo que no encaja en sus moldes; creo en lo que es justo y honesto, en el país de la corrupción; defiendo la dignidad, en el reino de los indignos; siento preferencia por el débil, en una sociedad de matones,… Así con todo.

Mucho antes de saber que quería ser periodista ya anduve enredando con cables y micrófonos. Con cuatro años jugaba con soldaditos de plástico en un estudio de radio, sin saber siquiera que estaba en uno. De adolescente fabricaba programas en mi habitación, con un reproductor de CD portátil y un cassette de doble pletina. Algo después ya había comprobado lo que se siente al picarte el bicho y había hecho radio de verdad, de todas las clases: deportiva, musical, cultural… Y también de entonces son mis primeros y pésimos artículos.

Incluso a mí me extrañó abandonar mi tierra y terminar en Salamanca, para estudiar Derecho. Lo intenté un par de años, pero no aprobé ni una asignatura. Ninguna, que ya es difícil. Retomé el camino vocacional y desde entonces no lo he abandonado, a pesar de los pesares.

He hecho todo lo que se podía hacer en la profesión, desde un punto de vista estándar: prensa analógica, prensa digital, televisión, radio, blogs… Sé cómo es la tramoya del teatrillo y, para hacer frente a La Crisis — lo pongo en mayúscula a propósito — me he dado cuenta de que la única manera de triunfar es perder el miedo a ser yo mismo, resaltar lo que me hace diferente y trabajar con dignidad, siguiendo mi propio camino y no la senda marcada por otros. Sí, ya sé que es más precario y complejo pero ¿qué os decía de los itinerarios fáciles?

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