En un momento en el que nuestro país vive sumergido en el desconcierto político y social, donde se magnifica la confrontación y se resalta la diferencia, las nutridas tertulias televisivas y la cacofonía de las redes sociales farfullan irresponsablemente. En algún momento algún iluminado ha llegado a proferir la expresión ‘Guerra Civil’, para ejemplificar el desafío soberanista de Cataluña. Resulta vergonzoso, para quienes sufrieron directa o indirectamente el conflicto armado del 36 — con la represión franquista subsiguiente — que se recurra a la analogía con semejante ligereza.

Porque nuestra Guerra Civil, la más reciente, se ha trivializado hasta el extremo. Puede que tenga que ver en el proceso la sobreabundancia de referencias a este período histórico presentes en nuestra cultura: series, culebrones, películas y libros. Referencias carentes de una auténtica intención de abordaje responsable, repletas de clichés, lugares comunes y, en algunos casos, condescendencia. Desde las instituciones se utiliza, también alegremente, en el debate político para exacerbar sensibilidades y sentimientos, en un ejercicio de populismo que nadie parece querer atajar.

Porque esa guerra, como cualquier otra, es un asunto serio. En las guerras — pásmense — muere gente a diario. En las guerras se desbaratan con crudeza cuerpos humanos, familias, calles y ciudades. En los conflictos armados se abren heridas que no siempre se cierran y que, invariablemente, supuran durante generaciones. La guerra no es una tramoya de cartón piedra, sobre la que se escenifican operetas de tres al cuarto.

Y deberíamos estar al tanto de ello. Porque nuestro país tiene experiencia. Primero como imperio, luego como fuerza geopolítica venida a menos. Poco después de 1800, nuestro país se debatía navaja y bayoneta en mano por otra independencia, en esta ocasión del imperio francés. En aquel entonces Goya era pintor “oficial” de la Corte y, entre otras muchas obras inmortales, creó una serie de estampas, grabados y bocetos que reflejaban Los desastres de la guerra. Una selección de estas “instantáneas” del horror bélico de principios del XIX ha podido verse estos últimos cinco meses en el Museo Casa Lis.

Al inmenso valor artístico e histórico del inmortal pintor y grabador español, se ha sumado el sereno y contundente talento tras el objetivo de la cámara del fotógrafo salmantino Alberto Prieto. En la misma muestra de grabados de este conflicto, que marcó para siempre nuestra historia e ‘idiosincrasia’ como pueblo, puede verse una selección de instantáneas de Prieto, obtenidas en años recientes en Siria y en regiones fronterizas cercanas. En tándem, trabajos tan dispares y distanciados en el tiempo, pero tan nucleares en lo que importa, han conformado hasta el pasado día 15 de octubre la exposición Los desastres de la guerra. Ayer y hoy.

El potente trabajo de Prieto, no solamente complementa y contextualiza los grabados de Goya, pues comparten esencia y significado vertebral. También remueve conscientemente, señala y obliga a mirar directamente al horror que cualquier guerra lleva en el zurrón. En un museo no podemos cambiar de canal. Alberto Prieto lo sabe y aprovecha la ocasión para mostrar lo que muchas veces nos negamos a ver.

Cuando vemos imágenes de guerra por televisión establecemos un filtro mental que nos permite tranquilizar nuestras conciencias, continuar con nuestras vidas. Ocurre allá y yo estoy aquí. Además, ¿qué podría hacer yo?

En una sociedad anestesiada como la actual, absolutamente saturada de imágenes y noticias, donde la televisión y los medios ponen al mismo nivel la presentación del libro de un futbolista famoso que la muerte de cuarenta civiles en Siria, es difícil mantenerse equilibrado. Demasiados estímulos, excesivas prisas y responsabilidades y muy poco tiempo para pensar en profundidad en el mundo en que vivimos. En la era de la inteligencia artificial y la robótica, la ética y la moral no parecen una prioridad.

Nunca antes había sentido tanto miedo. Nadie te prepara para ir a una guerra. Resulta casi imposible describir algunas de las imágenes que uno presencia en ella. Como dijo Pérez-Reverte, el mundo es un lugar muy peligroso y el corresponsal de guerra lo sabe mejor que nadie. Y añado yo que la guerra es el fracaso más absoluto del ser humano. Aún así, el hombre siempre estuvo en conflicto. Parece formar parte de su naturaleza. En la serie Los desastres de la Guerra Goya lo expresó de un modo magistral con sus magníficos grabados.

Poco que añadir, a lo expresado por el fotógrafo. Quizás que su obra humaniza la guerra. Nos la planta delante, sin que podamos — salvo con mucho esfuerzo — olvidar nuestra responsabilidad. Porque no, no podemos hacer mucho desde aquí con una perspectiva material, cortoplacista o tranquilizadora de nuestro propio confort neoliberal. Pero sí desde el punto de vista moral y de comportamiento ciudadano: de señalar con crudeza, de gritar que, aunque apaguemos la tele, los muertos se siguen pudriendo en la calle. Que los conflictos no terminan, si nos vamos a tomar un vermú.

El Museo Casa Lis ha acogido, con un acertado montaje y un perturbador apoyo audiovisual, una exposición que, durante muchas semanas, ha gozado del beneplácito del público. Aunque Alberto Prieto seguirá fotografiando con pulso calmo y conciencia inquebrantable la miseria y la humanidad que conviven en el fragor de las explosiones, los responsables de la gestión cultural de nuestro país deberían plantearse convertir Los desastres de la guerra. Ayer y hoy en una muestra itinerante que pudiera llegar hasta el último rincón de esta España aturdida, que no deja de confundir lo accesorio con lo esencial. Y es que si no han podido visitar la exposición hasta el pasado 15 de octubre… han perdido la oportunidad. Y eso también forma parte del problema.